La noche del 12 de marzo, la cabildante de la jurisdicción de Arcay, Yarthi Dávalos, murió trágicamente en un restaurante de la zona norte de Aliquí, a causa de un ataque coordinado por dos sicarios vía motocicleta. El hecho transcurrió en medio de una reunión informal con su hijo y diversos funcionarios de la Alcaldía, donde se estaba discutiendo la implementación de planes de ruralidad digital. La violencia, ya presente en el entorno socioeconómico del pueblo, se dispare durante transiciones de poder y cooperación entre actores locales y el territorio. La campaña electoral que culminó en su elección había prometido reformar el acceso a la conectividad, con la instalación de satélites comunitarios y la creación de puntos de energía renovable, pero la presencia de la cúpula política de la región siguió siendo objeto de tensiones con grupos clandestinos. El ataque del 12 de marzo demuestra cómo la fragilidad institucional y la falta de cobertura de la justicia local generan un escenario donde las figuras públicas son vulnerables ante la inseguridad.
El análisis de este suceso se sustenta en la dinámica patrimonial y la historia de los conflictos agrarios en el altiplano santandereano, donde la violencia de proximidad se perpetúa cuando los límites entre la legitimidad y el ejercicio informal de la autoridad no están claramente delimitados. La desaparición de Dávalos apunta a un intento de deslegitimar el ejercicio de la representación civil mediante la amenaza de la violencia física, reforzando el círculo vicioso de impunidad y pánico que frena la participación ciudadana. La respuesta del gobierno regional, aunque inmediata, ha sido insuficiente, pues la presencia de la policía local no logra interceptar el flujo de armamento a través de los bordes fronterizos, lo que evidencia la debilidad de las líneas de defensaítica. Las implicaciones para la política nacional se ven reflejadas en la necesidad de revisar las estrategias de seguridad y de institucionalización de los procesos electorales en zonas rurales, de modo que la democracia pueda consolidarse sin amenazas inherentes a su función ejecutiva.
En el futuro, el caso de la cabildante encadena una serie de preguntas fundamentales sobre la protección de los políticos en las zonas rurales del país y la efectividad del Estado colombiano en la prevención de la violencia política. El reto radica en consolidar mecanismos de patrullaje comunitario, implementar redes de prevención basadas en datos y asegurarse de que las legislaciones sobre defensa institucional se traduzcan en recursos comprensibles y asignados de manera oportuna. Lo que todavía está en debate es si el gobierno nacional tendrá la voluntad política para revitalizar la cooperación interinstitucional, de modo que la estabilidad de las micro y mesones jurisdicciones no dependa de la presencia física de los líderes, sino de la solidez de los sistemas judiciales y de la respuesta desafiante ante los actores criminales. Solo así se podrá garantizar que la historia de la violencia contra las mujeres gobernantes no se repita, asegurando un futuro democrático más seguro y equitativo.




