En el Pacífico centro colombiano, la aparición de un menor de edad a bordo de dos embarcaciones de alta velocidad, conocidas como “go fast”, y una corbeta, ha reavivado la discusión sobre la vulnerabilidad de la costa ante el tráfico ilícito de personas y drogas. Los guardacostas, al detectar patrones de navegación sospechosos mediante el Sistema de Vigilancia Marítima, intervinieron antes de que las naves pudieran internarse en aguas internacionales, evitando un posible desplazamiento clandestino. Este episodio subraya la falta de infraestructura de monitoreo en zonas remotas, donde la escasez de estaciones de radar y la limitada presencia policial facilitan la operatividad de organizaciones criminales, que a menudo reclutan menores para dotarlos de una aparente inocencia y reducir la exposición a controles. La identificación del menor plantea interrogantes sobre redes de explotación infantil, su conexión con el contrabando de estupefacientes y la posibilidad de usar la costa como punto de transbordo hacia mercados internacionales, especialmente dada la creciente demanda de cocaína en Asia y Europa.
El hallazgo también plantea una reflexión profunda sobre la respuesta institucional del Estado frente a la criminalidad marítima. La coordinación entre la Armada, la Policía Nacional y la Fiscalía es esencial, pero la fragmentación operativa y la ausencia de protocolos actualizados para la detección temprana de menores involucrados en actividades ilícitas dificultan la acción eficaz. Estudios recientes del Observatorio de Seguridad Nacional indican que en los últimos cinco años se ha registrado un aumento del 32 % en incidentes marítimos vinculados a narcotráfico en la región del Pacífico, lo que sugiere la necesidad de reforzar la capacidad tecnológica, como el despliegue de drones de vigilancia, y de mejorar la capacitación de los operadores en técnicas de inteligencia de datos. Además, la falta de un programa integral de protección infantil para menores en situación de vulnerabilidad en zonas costeras contribuye a su reclutamiento por grupos delictivos, evidenciando la intersección entre seguridad y derechos humanos.
En términos de proyección, la detección de este menor de edad podría servir como catalizador para la formulación de políticas más integrales que atiendan tanto la seguridad marítima como la prevención de la explotación infantil. La agenda legislativa deberá considerar la creación de un marco legal que obligue a las fuerzas armadas a registrar y remitir de forma inmediata a las autoridades de bienestar social cualquier menor encontrado en contextos ilícitos, garantizando su protección y el procesamiento de los responsables. Asimismo, la inversión en infraestructura de monitoreo satelital y la cooperación binacional con países limítrofes, como Ecuador y Perú, son pilares para cerrar brechas operativas. La sociedad civil, a través de organizaciones no gubernamentales, puede ejercer presión para que se destinen recursos a programas de educación y apoyo en comunidades costeras, reduciendo la vulnerabilidad de la población juvenil frente a la oferta de grupos criminales. Este enfoque multidimensional podría disminuir la recurrencia de incidentes similares y fortalecer la resiliencia del Estado frente a la criminalidad transnacional en el Pacífico colombiano.




