La repentina convocatoria del miedo en la mañana de este jueves en los municipios de Soledad y el sur de Barranquilla, desencadenada por la distribución de panfletos con amenazas hacia instituciones educativas, revela una capa más de la vulnerabilidad estructural que atraviesa el sistema de seguridad ciudadana en la región Caribe de Colombia. Este tipo de acciones, aunque aisladas en apariencia, forman parte de una escalada de la violencia simbólica contra los espacios más sensibles de la convivencia social, donde las escuelas representan no solo centros de enseñanza, sino el tejido mismo de la construcción de futuro colectivo. El gobierno nacional, encabezado por la presidencia de Gustavo Petro, enfrenta un desafío complejo que trasciende lo operativo: la necesidad de reconfigurar la percepción de seguridad en una población que ya asiste a décadas de conflicto armado y desigualdad estructural, lo cual exige respuestas institucionales integrales que aborden no solo la represión de los hechos, sino también la reconstrucción del tejido social postconflicto.
Los brochajes amenazantes contra colegios en esta zona del país se inscriben en una problemática mayor que refleja la persistencia de actores ilegales en la región Caribe, donde el pasado de fuertes presencias de grupos de las AUC, el terrorismo de las FARC-EP y el poder de los paramilitares dejó un legado de institucionalidad débil. Este escenario, combinado con la crisis socioeconómica que afecta a miles de familias en Soledad y Barranquilla, crea un caldo de cultivo ideal para el resurgimiento de prácticas criminales que utilizan el miedo como herramienta de dominio territorial. La reacción inmediata del Ministerio de Educación y las autoridades locales, con la movilización de la policía y la coordinación con cuerpos de emergencia, demuestra la gravedad con la que se toma la protección de los establecimientos educativos; sin embargo, la profundidad del análisis debe extenderse hacia las raíces del problema: la desconfianza en las instituciones, la precariedad del empleo juvenil y la falta de oportunidades reales para la población vulnerable que termina siendo reclutada por estas redes criminales.
Desde una perspectiva nacional, estos incidentes en la costa Caribe colombiana evidencian la necesidad urgente de una política de seguridad diferenciada que reconozca las particularidades de cada región, en lugar de aplicar fórmulas uniformes que han demostrado su ineficacia histórica. La agenda de paz del gobierno, centrada en el desarrollo territorial y la sustitución de cultivos de coca, debe transitar hacia acciones concretas de protección ciudadana que garanticen la convivencia escolar como eje fundamental del proceso de construcción de una nueva Colombia. La reacción del presidente Petro, quien ha reiterado su compromiso con la seguridad ciudadana y la protección de los derechos humanos, deberá traducirse en recursos humanos y tecnológicos destinados a la vigilancia preventive en zonas críticas, así como en programas de reinserción social que aborden las causas estructurales del conflicto. Este tipo de eventos, lejos de ser aislados, constituyen alarmantes indicadores de que la transición postconflicto colombiano aún enfrenta resistencias que exigen una respuesta institucional más robusta y coherente con los principios democráticos y la protección del capital humano del país.




