El colapso del tratado New START, que hasta 2021 regulaba los arsenales estratégicos de Estados Unidos y Rusia, marca un punto crítico en la arquitectura de seguridad global, pues la ausencia de límites verificables a los misiles balísticos y a los sistemas de lanzamiento rápido incrementa la probabilidad de una carrera armamentista sin precedentes, mientras la reciente prueba exitosa del misil Sarmat refuerza la capacidad rusa para superar los sistemas de defensa antimisiles, lo que obliga a Washington a reevaluar su postura de disuasión y a buscar alianzas más estrechas con países de la OTAN y con socios estratégicos en Asia, y estas dinámicas repercuten directamente en la percepción de seguridad de los estados latinoamericanos, incluida Colombia, que se encuentran en una zona de influencia mixta donde la presencia militar de potencias externas puede alterar el equilibrio interno y regional.
Las maniobras militares iniciadas por los dos países aliados, interpretadas como una señal de fuerza coordinada que combina ejercicios de despliegue rápido, simulacros de operaciones conjuntas y la puesta en marcha de sistemas de misiles de alcance intercontinental, buscan demostrar la continuidad de la capacidad de proyección estratégica en un contexto donde el tratado de limitación de armas estratégicas ha desaparecido, y la prueba del Sarmat, que supera los 10.000 km de alcance y evade los interceptores antibalas, intensifica la percepción de amenaza en la OTAN, generando una respuesta de reforzamiento de la disuasión nuclear y de modernización de los sistemas de detección temprana, al mismo que sugiere a los actores regionales que la rivalidad entre los bloques principales puede traducirse en una mayor militarización de sus propios territorios, con implicaciones para la estabilidad estratégica en el hemisferio occidental.
Para Colombia, la escalada de tensiones entre las potencias nucleares y la reactivación de ejercicios militares en territorio ruso y sus aliados plantea desafíos de política de defensa, pues el país debe equilibrar su tradicional alineación con Estados Unidos y la necesidad de garantizar la soberanía territorial frente a posibles infiltraciones de equipos estratégicos o de inteligencia, lo que podría traducirse en un aumento del gasto militar, la modernización de la Fuerza Aérea y la Marina, y la búsqueda de nuevos acuerdos de cooperación con aliados occidentales, mientras que la proximidad geográfica a Venezuela y a otras naciones con vínculos rusos incrementa la vulnerabilidad a presiones diplomáticas y a la posibilidad de que la región sea utilizada como escenario de proxy en la competencia geopolítica, lo que subraya la importancia de una diplomacia activa y de fortalecer los mecanismos de seguridad colectiva dentro de la Comunidad de Estados Latinoamericanos.




