El ente de control de Colombia ha emitido una alerta crítica sobre el deterioro financiero y operativo de la empresa de energía estatal, evidenciado por el crecimiento sostenido de su pasivo, la ausencia sistemática de auditorías internas y la inestabilidad en la contratación de interventores. Esta situación refleja falencias estructurales en la gestión pública que van más allá de un caso aislado, profundizando la crisis de confianza en las instituciones energéticas del país. El aumento del pasivo, que compromete recursos destinados a infraestructura esencial, contrasta con la necesidad de modernizar el sistema eléctrico para apoyar el crecimiento económico y la transición energética, mientras que la falta de supervisión auditiva abre puertas posibles a desvíos y corrupción, afectando directamente la calidad del servicio y los precios para los consumidores colombianos.
La alta rotación de interventores en proyectos clave revela una fragilidad institucional que mina la continuidad y eficiencia de obras estratégicas para el desarrollo nacional. Este fenómeno, alimentado por presiones políticas o procesos contratales inadecuados, genera sobrecostos y retrasos que impactan la competitividad del sector energético y la inversión extranjera. Además, la combinación de estos tres factores —financieros, de supervisión y operativos— expone vulnerabilidades en el modelo de gestión estatal, donde la politización de cargos técnicos y la falta de autonomía de los entes de control han permitido que problemas crónicos persistan sin soluciones sostenibles, agravando la dependencia de termoeléctricas contaminantes y postergando la meta de energías limpias.
La alerta del ente de control debe interpretarse como una oportunidad para reformas profundas que redefinan el rol del Estado en el sector energético, incluyendo mecanismos de transparencia real, meritocracia en la contratación y fiscalización anticipativa. Sin acciones contundentes, Colombia arriesga estancar su desarrollo energético, con consecuencias en la seguridad del suministro, la inflación y la atracción de capital para proyectos de infraestructura. La sostenibilidad del modelo depende de fortalecer los controles, estabilizar la gestión técnica y alinear la política energética con las metas de largo plazo, evitando que intereses cortoplacistas comprometan el futuro de una industria vital para la soberanía y el progreso del país.




