El relato del campesino de Linares, quien describió cómo “las familias están abandonando hasta sus sueños”, revela una crisis estructural que trasciende lo anecdótico para convertirse en un indicador de la desintegración del modelo agropecuario tradicional en Colombia. Los datos del Ministerio de Agricultura indican que la tasa de abandono de parcelas rurales ha aumentado un 23 % en los últimos cinco años, impulsado por la combinación de precios internacionales volátiles, la falta de acceso a créditos competitivos y la persistente violencia contra líderes sociales. Este fenómeno se refleja en la migración interna hacia zonas urbanas, generando presiones sobre infraestructuras y servicios públicos que ya muestran signos de saturación, mientras que la disminución de la producción local exacerba la dependencia de importaciones alimentarias, vulnerando la seguridad alimentaria nacional.
El testimonio también apunta a la falta de políticas públicas integrales que acompañen la transición a sistemas agroalimentarios sostenibles. Las iniciativas de agroecología y la implementación de cadenas de valor cortas han sido marginadas frente a la predominancia del agroexportador, lo que perpetúa una brecha entre pequeños productores y grandes conglomerados. Además, la ausencia de garantías de tenencia de la tierra y la insuficiencia de programas de seguros agrarios han erosionado la confianza de los agricultores en el Estado, generando un clima de incertidumbre que favorece el abandono de la actividad. En este contexto, la presión sobre los jóvenes rurales para buscar oportunidades en sectores informales o en la industria urbana se traduce en una pérdida de capital humano que dificulta la innovación y la resiliencia del sector agropecuario.
De cara al futuro, la continuidad del éxodo rural plantea desafíos críticos para la cohesión social y el desarrollo económico equilibrado del país. Si el Estado no logra articular una estrategia que combine inversión en infraestructura rural, acceso a financiamiento con tasas preferenciales y protección jurídica de la tenencia, la tendencia al abandono de la tierra podría acentuar la polarización entre áreas urbanas y rurales. Asimismo, la pérdida de saberes tradicionales y la degradación de ecosistemas vinculados a la agricultura familiar amenazan los objetivos de sostenibilidad climática establecidos en la agenda nacional. Por lo tanto, la respuesta institucional debe enfocarse en crear marcos de cooperación público‑privada que restituyan la dignidad del trabajo agrícola, fomenten la diversificación productiva y fortalezcan la resiliencia de las comunidades campesinas, garantizando así la estabilidad y la soberanía alimentaria de Colombia.




