Los reclamos de los pueblos indígenas nasa y misak sobre la posesión de tierras en el sur de Colombia resaltan la persistencia de conflictos territorialmente cargados de memoria y derecho ancestral. Si bien ambas comunidades sostienen grandes extensiones de cauce de sus territorios históricos, las discrepancias surgieron por la clasificación de los rincones delimitados bajo el actual régimen legal de tenencia de la tierra. En la práctica, las autoridades regionales han mantenido lazos institucionales con asentamientos que se perciben como colindantes, lo que intensifica la percepción de pluralidad de derechos y refuerza la necesidad de un proceso renegociado que involucre a los representantes de ambos grupos, el Estado y el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Territorial.
La situación se vuelve más compleja cuando se consideran los efectos de la expansión agrícola, la minería y los proyectos de infraestructura en la zona. Los ejectivos de lunes recientes describieron la imposición de contratos de arrendamiento que engloban los territorios disputados, lo que pone en riesgo la continuidad cultural de los pueblos. Debe analizarse a detalle cómo el proceso de regularización de tierras históricas combinada con la politización de la minería pesada del proyecto “Cerrillos del Río” ejerce presión irreversible en la zona, limitando las opciones de producción sostenible y comprometiendo la firma de pactos con la comunidad. Asimismo, la presencia de actores corporativos en la zona crea un círculo vicioso de amenazas a la seguridad del entorno indígena, donde los ritos tradicionales y las prácticas alimentarias están vulnerables al impactante enfoque comercial del proyecto.
La presente coyuntura tiene ramificaciones profundas en la política nacional, especialmente en el sector de políticas públicas de reconocimiento y protección de pueblos originarios. La omisión de una aplicación coherente del marco de la ley de reconocimiento y derechos de los pueblos indígenas se traduce en la incapacidad de asegurar los mecanismos de deliberación, negociación y adjudicación territorial. Se requiere un replanteamiento de la estrategia gubernamental para incluir un proceso judicial de resolución de disputas de tierras basado en datos históricos, conocimiento tradicional y la visión territorial propia de los pueblos. Al abordar la situación con un enfoque más integral, el Estado puede evitar el agravamiento de la violencia y fortalecer la inclusión y la retención de la diversidad cultural en el tejido social colombiano. Mediante la exposición de la firme obligación del Estado de garantizar la defensa marcada de la compresión y el manejo de los territorios, se encapsula la sensibilidad de la normatividad actual y su relevancia para la cohesión nacional.—




