La solicitud de la mandataria al próximo mandatario para un trabajo articulado con las regiones priorizando seguridad, salud e infraestructura refleja la crónica debilidad institucional colombiana, donde el centralismo histórico ha generado desequilibrios territoriales que minan la cohesión nacional. Este llamado no es una mera formalidad protocolaria, sino un reconocimiento tácito de que la descentralización real requiere superar décadas de clientelismo y burocracia que han limitado la capacidad de los municipios y departamentos para ejecutar proyectos estructurales. La persistencia de vacíos en servicios básicos y la falta de infraestructura vial en zonas no estratégicas evidencian cómo la inversión pública ha respondido a presiones políticas más que a necesidades reales, perpetuando un modelo donde la paz territorial depende más de alianzas coyunturales que de políticas sostenibles.
La priorización de seguridad, salud e infraestructura responde a urgencias concretas que definirán la viabilidad del país en los próximos años: la seguridad no se limita a combatir grupos armados, sino a enfrentar la violencia estructural generada por desigualdades económicas y acceso precario a oportunidades; la salud necesita superar los rezagos pospandemia y la fragmentación del sistema que deja a millones sin cobertura efectiva; la infraestructura, especialmente vial y energética, es condición ineludible para insertar a Colombia en cadenas globales y reducir el costo logístico que ahoga a las pymes. Estos ejes son interdependientes: sin salud en las regiones, no hay fuerza laboral; sin infraestructura, no hay desarrollo económico; sin seguridad, todo colapsa.
La transición hacia un gobierno con enfoque regional constituye una prueba de fuego para la democracia colombiana, pues exigirá a las élites políticas superar el cortoplacismo y construir consensos más allá de los intereses partidistas. El verdadero desafío radica en implementar mecanismos de rendición de cuentas que garanticen que los recursos asignados a las regiones no se desvíen hacia corrupción o ineficiencia, tal como ha ocurrido históricamente con fondos destinados a construcción de hospitales o carreteras. Si este llamado a la articulación no se traduce en reformas concretas que fortalezcan la autonomía municipal y la planificación participativa, Colombia seguirá arrastrando un déficit de legitimidad estatal que alimenta la desconfianza ciudadana y limita su proyección como nación cohesionada y competitiva.




