El proyecto Centro Llégate se inauguró en un contexto de crisis en la prestación de servicios a la población con discapacidad en Colombia, donde la cobertura de programas de inclusión funcional ha sufrido una notable recesión fiscal y política. Desde la última edición del Informe de la Confiaduría Colombiana para la Discapacidad (2023), el déficit de recursos se ha manifestado en la falta de accesibilidad en más del 65 % de las instituciones educativas y de salud de segundo nivel, lo que ha incrementado la presión sobre los familiares que actúan como cuidadores. La iniciativa, planteada por la Secretaría de Desarrollo Social en coordinación con la Agencia de Información y Ciencia (AIC), se posiciona como respuesta a la triple falla en infraestructura, capacitación y financiación: la creación de espacios activados con tecnología asistiva de última generación, la contratación de instructores especializados en rehabilitación funcional y la instauración de un fondo de garantía de 200 millones de pesos anuales administrado por la Corporation Financiera Nacional (CFN). A nivel macro, el Centro Llégate refleja la tendencia de los gobiernos prematuros de delegar la responsabilidad social en organismos públicos, sin crear la supervisión legal adecuada, lo que pone en riesgo su sostenibilidad a largo plazo y su continuidad en un marco de austeridad fiscal que ha recortado más del 22 % del gasto público en asistencia social desde 2018.
Mientras tanto, la percepción pública sobre el Centro Llégate ha sido mixto. En la encuesta nacional realizada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) en agosto de 2025, el 48 % de los encuestados reconoció la utilidad de sus servicios, pero solo el 27 % percibió mejoras sustanciales en la calidad de vida de los usuarios. Este resultado evidencia una brecha significativa entre las expectativas de los beneficiarios y la eficacia operativa del centro. Los críticos argumentan que la falta de un sistema de monitoreo riguroso y la ausencia de incentivos a los cuidadores han perpetuado la informalidad laboral, reduciendo la motivación de los profesionales formados. En el plano político, la crisis electoral de 2024 creó un ambiente de polarización donde los partidos de izquierda clamaron por un régimen de protección más amplio, mientras que las filas conservadoras avocaron por una reducción de gastos en servicios públicos. Esta coyuntura ha alterado el soporte financiero del Centro Llégate, dejando a la institución en un delicado equilibrio donde la inestabilidad procedente de la política económica gubernamental puede socavar los avances impulsados en su primer año de operación.
El futuro del Centro Llégate dependerá de su capacidad para demostrar resultados tangibles que motiven la continuidad del apoyo gubernamental y el respaldo institucional. Un modelo sostenible requerirá la integración de indicadores de desempeño claros, la participación de actores sociales y la adopción de estrategias de financiamiento mixto que incluyan aportes privados y organizaciones no gubernamentales. El caso del Centro Llégate plantea un debate crucial sobre la necesidad de reformar la estructura de los servicios integrales a la discapacidad en Colombia, replanteando la relación entre el sector público y privado y reforzando la legislación que garantice el acceso equitativo y permanente a recursos inclusivos. La continuidad y el ajuste de este proyecto serán, sin duda, un barómetro de la efectividad de la política inclusiva del Estado colombiano en el próximo periodo de gobierno, orientando la ruta para la construcción de un modelo de atención a la discapacidad que sea más adaptable, eficaz y just…




