La emergenciaque se ha desatado en varias zonas de la geografía colombiana, tras la difusión de videos que evidencian ataques coordenados contra infraestructura civil y civilians, obliga a replantear la estrategia de seguridad que ha sido ejecutada en los últimos años. Las autoridades, a través de la Unidad Nacional de Gestión del Riesgo, han declarado estado de calamidad y desplegado unidades de la Policía Nacional y la Fuerza Aérea para contener la ola de violencia que se manifiesta en escenas de destrucción de vehículos, prendas de señalización y mobiliario urbano. Los análisis preliminares de inteligencia señalan que el operativo se habría articulado bajo la figura de alias Marlon, un nombre que ha aparecido en reportes de vigilancia y en interceptaciones de comunicaciones sospechosas, lo que sugiere una posible conexión con redes criminales transnacionales que operan bajo esquemas de célula descentralizada.
El nombramiento de Marlon como presunto articulador de la acción violenta no es un hecho aislado; representa la materialización de una estrategia de comunicación que busca atribuir responsabilidades a figuras simbólicas capaces de generar una narrativa de caos controlado. En el contexto nacional, la designación de alias como Marlon produce un efecto doppler en la percepción pública: por un lado, refuerza la idea de que el fenómeno delictivo está organizado y patrocinado por estructuras híbridas que trascienden las fronteras tradicionales del narcotráfico; por otro, permite a los actores políticos descolgar la culpa hacia mecanismos institucionalizado y dirigir la atención hacia supuestas amenazas externas. Este juego de roles se sustenta en la fragmentación de las redes criminales que, al competir por territorio y recursos, adoptan denominaciones temporales que facilitan la deniability y la evasión judicial. La relevancia de este señalamiento radica en la manera en que el Estado percibe la necesidad de actuar con medidas de emergencia que, aunque justificadas, pueden vulnerar garantías constitucionales si se prolongan sin supervisión democrática.
En la proyección a mediano plazo, la respuesta institucional derivada de la emergencia plantea un dilema estratégico para el gobierno nacional: la necesidad de equilibrar la adopción de medidas de seguridad inmediatas con la construcción de marcos institucionales que garanticen la rendición de cuentas y la legitimidad democrática. La incorporación de mecanismos de supervisión civil sobre operativos de inteligencia, así como la transparencia en los procesos de identificación de figuras como Marlon, resultan imprescindibles para evitar la consolidación de un Estado de excepción que pueda erosionar derechos fundamentales. Asimismo, la reforma del marco jurídico que regula la intervención de grupos paramilitares y la regulación del uso de tecnologías de vigilancia masiva constituyen ejes críticos que deben ser abordados mediante diálogos multisectoriales que incluyan a académicos, organizaciones de derechos humanos y representantes de las comunidades afectadas. Solo a través de una política integral que combine prevención, reparación y garantía de no repetición será posible detener la espiral de violencia y restaurar la confianza ciudadana en las instituciones del Estado.




