El incidente ocurrido al finalizar la tarde del 28 de abril, cuando las disidencias del grupo armado conocido como ‘Mordisco’ declararon que la masacre perpetrada fue un “error”, reaviva la discusión sobre la capacidad del Estado colombiano para controlar la violencia en zonas rurales. Según datos del Departamento Nacional de Planeación, la región donde se registró el hecho ha experimentado un aumento del 12 % en la actividad de grupos armados ilegales durante los últimos ocho meses, superando el promedio nacional. Este contexto se enmarca en la debilidad de la presencia institucional, evidenciada por la reducción del 15 % de puestos policiales en la zona en el mismo período, lo que ha facilitado la expansión de estructuras criminales y la impunidad de sus actos. Además, la falta de una política integral de desarrollo socioeconómico ha agravado la vulnerabilidad de las comunidades, que dependen de la economía informal y la agricultura de subsistencia, aumentando su exposición a los reclutamientos forzados y a la extorsión. El reconocimiento de la masacre como un “error” por parte de la facción disidente sugiere una posible fractura interna que podría derivar en disputas de poder, pero también plantea la necesidad de una respuesta estatal que combine la seguridad con la reparación y la inclusión de los afectados.
El pronunciamiento de “error” por parte de las disidencias de ‘Mordico’ implica una reconfiguración estratégica del conflicto interno, y los analistas políticos advierten que esta autocrítica podría ser una maniobra para obtener legitimidad frente a la población local y los organismos internacionales. En el último semestre, el gobierno ha intensificado los diálogos de paz con diversos grupos armados, pero la falta de una respuesta contundente a las violaciones de derechos humanos genera desconfianza entre la ciudadanía. Los informes de la Fiscalía General de la Nación indican que, de los 43 casos de masacres documentados en el año, solo 7 han sido procesados judicialmente, lo que refleja una brecha significativa entre la denuncia y la persecución penal. Este déficit judicial alimenta la percepción de impunidad y alimenta el ciclo de violencia. En el plano internacional, la presión de organismos como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos exige medidas concretas para la protección de civiles, lo que podría traducirse en sanciones o reducción de asistencia financiera si no se evidencian avances sustanciales en la garantía de los derechos fundamentales.
De cara al futuro, la declaración de ‘error’ abre la puerta a múltiples escenarios: una posible desintegración de la estructura de ‘Mordico’, una escalada de enfrentamientos internos o, alternativamente, una reorientación de sus tácticas hacia formas de violencia menos visibles pero igualmente destructivas. El Gobierno nacional deberá diseñar una estrategia que combine operaciones de seguridad efectivas con programas de desarrollo sostenible, orientados a mejorar la infraestructura, la educación y la generación de empleo en las áreas más afectadas. La ejecución de estos planes requerirá recursos significativos y una coordinación interinstitucional que incluya a la defensa, la justicia y las organizaciones de la sociedad civil. En última instancia, la capacidad del Estado para transformar una declaración de “error” en una oportunidad de paz dependerá de su voluntad política y de la presión social que exijan los ciudadanos, quienes, cansados de la violencia recurrente, demandan una respuesta integral que garantice la seguridad, la justicia y el desarrollo a largo plazo.




