En la tarde del 28 de abril, la región del Cajibío, en el department de Cauca, vivió otra escalada de violencia que ha encendido las alarmas entre las autoridades y la sociedad civil. Según los testimonios de los sobrevivientes y las declaraciones de los grupos armados que se reclaman como disidencias del excomandante ‘Mordisco’, la masacre que dejó múltiples víctimas fue, según ellos, un error táctico. Sin embargo, los hechos revelan una dinámica más compleja: el enfrentamiento entre facciones rivales, la presión sobre el narcotráfico y la desconfianza hacia los intentos de negociación con el Estado. La población local, que ha sufrido desplazamientos y amenazas constantes, exige respuestas concretas, mientras los informes preliminares indican que la zona se encuentra bajo la influencia de varios actores ilegales que compiten por el control del territorio.
El análisis profundo de este suceso obliga a mirar más allá de la simple proclamación de “error”. La masacre en Cajibío se inscribe en un patrón de violencia estructural que ha caracterizado a varios municipios del Pacífico colombiano en los últimos años, donde la falta de presencia estatal y la presencia de economías ilícitas convergen. Las disidencias que se hacen llamar ‘Mordisco’ actúan bajo un discurso de reajuste táctico, pero su capacidad para ejecutar operations de alto impacto demuestra una organización consolidada y una red de apoyo que trasciende lo meramente criminal. Además, la denuncia del supuesto error sugiere una estrategia de desinformación orientada a minimizar la responsabilidad y a desviar la presión internacional. En este contexto, la reacción de las instituciones debe considerar la necesidad de reforzar mecanismos de justicia transicional, de garantizar la protección a los derechos humanos y de articular políticas de sustitución de cultivos que aborden las raíces estructurales del conflicto.
Las repercusiones de la masacre en Cajibío trascienden lo inmediato y plantean interrogantes críticos para la agenda de paz y seguridad del gobierno nacional. El hecho refuerza la percepción de que, pese a los avances en diálogos con grupos armados, persisten zonas donde la violencia se gestiona con impunidad y donde los intentos de reconciliación aparecen insuficientes ante la crudeza de los conflictos locales. Para evitar que episodios similares se repitan, se requiere una estrategia integral que combine refuerzo de la presencia policial especializada, mecanismos de reparación integral para las víctimas y un fortalecimiento de los procesos de sustitución de cultivos que reduzcan la dependencia económica de actividades ilícitas. Asimismo, la transparencia en la rendición de cuentas y la participación activa de la comunidad en la vigilancia territorial son pilares indispensables para reconstruir la confianza entre la población y las instituciones.




